
El Núcleo de la Vida · Sección 1 · Capítulo 5
El impulso de la vida

¡Lo sencillo suele ser lo mejor! Una y otra vez se demuestra que la solución más simple es la más eficaz. Esto también es cierto al capacitar para el crecimiento espiritual.
Dios incorporó las verdades más importantes de la vida en principios que pueden observarse fácilmente en la creación. Por eso Jesús utilizó parábolas sencillas tomadas del mundo creado para explicar verdades espirituales que, de otro modo, serían difíciles de comprender. La creación ofrece, por ejemplo, una imagen muy clara del crecimiento espiritual. Aunque la vida espiritual es difícil de describir por su naturaleza invisible, conocemos mucho acerca de su comienzo y desarrollo.
Piense por un momento en la manera en que vivimos. ¿Ha visto alguna vez a un padre levantarse temprano cada mañana, correr hasta su hijo y decirle: «¡Crece, crece, crece!»? Sería ridículo, no porque no queramos que el niño crezca. Todo padre se preocupa si su hijo no se desarrolla adecuadamente. No actuamos así porque sabemos que el crecimiento ocurre de manera natural, sin que lo produzcamos mediante planes, estímulos u obsesiva preocupación. El crecimiento forma parte de la vida. La vida posee en sí misma la capacidad de desarrollarse y crecer.
Lo mismo sucede con la vida espiritual. Una vez presente, manifiesta su impulso natural hacia el crecimiento. Nadie necesita acercarse al cristiano y gritarle: «¡Crece, crece, crece!». Eso no lo haría crecer; probablemente solo lo confundiría.
La presencia de la vida
El Espíritu de Dios está relacionado con estas imágenes porque Él da vida: «el Espíritu vivifica» (2 Corintios 3:6). La vida espiritual aparece en el creyente cuando el Espíritu Santo inicia esa vida nueva (Romanos 5:5).
Cuando el Espíritu Santo viene a morar en el creyente, lo coloca en un camino de desarrollo y expresión. Como ocurre con el crecimiento físico, la meta no es limitarse a confirmar que la vida existe, sino conducirla a la madurez.
Cuando los creyentes comprenden esto, pueden abandonar el temor acerca de su crecimiento espiritual. La presencia del Espíritu Santo les asegura que poseen todo el poder necesario para llevar esa vida a la madurez. En vez de preocuparse por si podrán crecer a causa de fracasos pasados o presentes, pueden alegrarse en el propósito de Dios y buscar cómo Él realizará sus objetivos en ellos.
La fe reemplaza la preocupación, y la expectativa sustituye la falta de dirección. El entusiasmo comienza cuando nos concentramos en la obra que Dios inició en nosotros al salvarnos. Allí comienza la renovación: en el origen mismo de nuestra fe. Esto vale tanto para cada creyente como para quienes capacitan al pueblo de Dios. Los maestros también deben reconocer el poder sobrenatural del Señor y esperar que Él obre sobrenaturalmente en los creyentes.
Dios continuará aquello que comenzó. Si nos dio vida nueva, esa vida está destinada a crecer y desarrollarse durante nuestro tiempo en la tierra. «Estoy persuadido de que el que comenzó en ustedes la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo» (Filipenses 1:6).
Reflexiones sobre la vida espiritual
De todo esto debemos extraer conclusiones sencillas pero poderosas. Algunos se preguntan por qué muchos creyentes no crecen espiritualmente. El problema no suele encontrarse en la calidad de la vida que recibieron. Como en la vida física, una persona está viva o no lo está. Nadie dice: «No estoy suficientemente vivo», aunque los problemas de salud sí pueden afectar la calidad de la vida.
Cuando una persona ha nacido verdaderamente de nuevo, posee vida espiritual, llena de posibilidades y preparada para crecer.
La vida espiritual es de la misma naturaleza en todos los creyentes. Primero debemos asegurarnos de que está presente; después podemos confiar en que buscará su pleno desarrollo paso a paso. No existen distintas clases ni grados de vida espiritual. No debemos suponer que un pastor posee, por naturaleza, una calidad de vida espiritual superior a la nuestra.
Los cristianos crecen a ritmos diferentes, pero la diferencia no se debe al poder ni a la fuente de esa vida. Existen otras razones.
Lecciones
Los creyentes no tienen que obligarse a crecer como si el crecimiento fuera antinatural o excepcional. La vida espiritual tiende por naturaleza al crecimiento y la madurez en todos los creyentes genuinos.
No existen distintos grados ni calidades de la vida de Dios; Él vive plenamente en cada creyente.
La renovación comienza cuando nuestro corazón agradece a Dios su deseo de vivir, crecer y obrar en nuestra vida física y espiritual, y por medio de ella.
Memorizar y Meditar
Filipenses 1:6
2 Corintios 3:6
Asignación
Solo los creyentes genuinos nacen de nuevo —o «de arriba»—. ¿Está seguro de haber nacido de nuevo? Es decir, ¿conoce a Dios y ha recibido el perdón de sus pecados por medio de la muerte de Jesucristo en la cruz? Explique.
Dibuje un punto y anote, hasta donde pueda recordarlo, la fecha aproximada en que llegó a ser creyente, cuando comenzó en usted la vida espiritual. Después trace desde ese punto una flecha hacia la derecha. La flecha representa el crecimiento especial que Dios se propone realizar en su vida.

Lea Efesios 1:13-14. Observe que el Espíritu Santo habita en todo creyente genuino. Dé gracias al Señor por su obra en usted.