
El Núcleo de la Vida · Sección 3 · Capítulo 26
Cerrar la brecha

La educación occidental deposita su confianza en el conocimiento. Los cristianos debemos rechazar ese enfoque, especialmente en la educación teológica. Una meta mayor nos impulsa: liberar el poder de la Palabra de Dios en la vida de las personas.
La desconexión entre la formación teológica y un ministerio eficaz sigue siendo enorme. Quienes se gradúan apenas están preparados para lo que encontrarán. La solución del mundo consiste en exigir más estudios. Los títulos de maestría y doctorado se han vuelto comunes, pero permanece la antigua suposición de que el conocimiento por sí solo es suficiente.
El esfuerzo necesario para obtener esos títulos posee indudable valor; la autodisciplina ya constituye una recompensa. Sin embargo, debemos descorrer la cortina y mirar detrás de la escena. ¿Nos atrevemos a preguntar si los estudiantes están preparados para la vida y el ministerio? En la mayoría de los casos no lo están.
Nuestro enfoque educativo supone que, con la información correcta, el ser humano hará grandes cosas. Esa idea es una derivación del humanismo. El conocimiento forma parte de la ecuación, pero no constituye el todo. Existen elementos más importantes, entre ellos la formación espiritual que debe ocurrir en la vida cristiana.
La confianza en el conocimiento suele alejarnos de las personas en lugar de unirnos a ellas. Se confunde equivocadamente la madurez espiritual con la preparación teológica, aunque están lejos de ser equivalentes. Cuando la información domina, queda poco tiempo para desarrollar el corazón y las habilidades ministeriales necesarias para vivir piadosamente y servir con eficacia. Por ejemplo, estudiamos la alta crítica, pero dedicamos poco tiempo a aprender cómo permitir que Dios nos enseñe por medio de la Palabra para después enseñar a otros.5
¿Por qué este fracaso?
¿Por qué existe tanta confusión y fracaso? ¿Ha fallado la Palabra de Dios? ¿O no ha penetrado nuestro corazón? ¿Será que no recibimos la capacitación necesaria para ministrar correctamente en las iglesias?
Nos alegra conocer excepciones, pero en conjunto los futuros líderes están recibiendo una formación inadecuada a un costo económico muy alto. Sin duda, estas deficiencias contribuyen a que muchos graduados abandonen el ministerio durante sus primeros años.
Pablo enseña que la poca fe surge cuando la Palabra de Dios no llega verdaderamente al oyente. En la parábola del sembrador, Jesús profundiza todavía más: el aprendizaje falla porque el corazón no está preparado para recibir la verdad.
¿Qué sucedería si cambiáramos el enfoque y preparáramos el corazón de los estudiantes para que reciban correctamente la Palabra? Necesitan aprender a depositar su fe en ella, no limitarse a leerla como tarea o estudiar únicamente lo que otros afirman acerca de la Biblia.
Durante mis estudios, un profesor del Antiguo Testamento dijo a la clase: «Esta quizá sea la única vez en toda su vida que lean el Antiguo Testamento completo».
Piense en lo que estaba comunicando:
El Antiguo Testamento no es importante.
El Antiguo Testamento no será pertinente para la vida de los estudiantes.
Después de leerlo una vez, probablemente no querrán volver a hacerlo.
Tal vez el profesor expresaba sin querer sus propias convicciones. Esas conclusiones no son verdaderas; reflejan una visión de las Escrituras carente de fe. Aunque nunca lo dijera directamente, parecía comunicar: «No es pertinente para mi vida y tampoco creo que lo sea para la de ustedes». Ese era el mensaje que recibíamos.
Los estudiantes empezaban a temer la lectura del Antiguo Testamento, y en semejante ambiente no había oportunidad para que creciera su fe. Sin embargo, la clase seguía siendo considerada «importante» porque todos debían aprobarla para graduarse.
Algunos docentes ni siquiera consideran confiable el Antiguo Testamento y lo enseñan desde una postura crítica que debilita todavía más la fe de quienes están a su cargo. Otros creen que es confiable, como el profesor mencionado, pero no lo consideran pertinente para la vida y el ministerio.
Algo semejante ocurre cada vez que un predicador se limita a pronunciar un sermón sin haber sido primero transformado por la Palabra de verdad. Su mensaje revela que no cree profundamente que el pasaje sea pertinente para su propia vida.
Una fe abundante
Jesús enseñó y utilizó el Antiguo Testamento de una manera completamente distinta. Vivió una vida plenamente piadosa basándose en él. Lo citó durante la tentación, y la fe en la Palabra de Dios lo sostuvo. También comprendió por medio de esas Escrituras lo que el Padre había preparado para su vida.
«Después de ayunar cuarenta días y cuarenta noches, tuvo hambre. El tentador se le acercó y le propuso: “Si eres el Hijo de Dios, ordena a estas piedras que se conviertan en pan”. Jesús le respondió: “Escrito está: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”» (Mateo 4:2-4).
Nunca ha sido más urgente reexaminar el proceso y el contenido de nuestro aprendizaje. El maestro debe ir más allá de transmitir información y prestar atención a la fe que necesita edificar en el estudiante dentro de cada área. Esa fe está directamente relacionada con las metas que Dios tiene para nosotros.
Existe una razón por la que tantos miembros del pueblo de Dios han dejado de crecer: han sido formados para conformarse con conocimientos, en vez de esperar que Dios cumpla sus propósitos.
Para participar en el poder y los propósitos de la vida de Dios debemos rechazar la afirmación de que el conocimiento resolverá por sí solo el problema. Necesitamos que la Palabra de Dios obre activamente en nosotros.

La mayoría de los estudiantes sale de una escuela bíblica o seminario apoyándose en sus conocimientos y no en Dios. Afortunadamente, él puede obrar —y obra— a pesar de nuestros sistemas y produce personas buenas por medio de ellos. Pero ¿qué sucedería si esperáramos que los estudiantes fueran transformados para vivir y ministrar como Jesús? Nuestro Señor espera que corrijamos la formación por el bien de sus ovejas y el honor de su nombre.
¿Qué sucedería si los estudiantes aprendieran a pasar con naturalidad de la escuela al ministerio? ¿Qué requeriría eso en conocimientos, habilidades, devoción y carácter?
En la iglesia, ¿qué sucedería si el pueblo de Dios creciera realmente hasta la plena madurez? ¿Qué tendría que ocurrir en una congregación para lograrlo?
Esperamos demasiado poco de los estudiantes y de la Palabra de Dios porque nosotros, los maestros, poseemos muy poca fe. Jesús tenía una fe inmensa, incluso en el Antiguo Testamento: «Escrito está». Dios ha hablado y su Palabra sigue siendo poderosa hoy.
Lecciones
La confianza excesiva en el conocimiento confunde las metas tanto de la capacitación formal como de la informal.
La fe del maestro influye en el aprendizaje y la fe del estudiante, para bien o para mal.
Solo cuando volvamos a comprometernos con la Palabra de Dios, como hizo Jesús, nuestra enseñanza será pertinente, dinámica, sanadora y útil.
Memorizar y Meditar
Mateo 4:4
Asignación
Elija dos clases bíblicas que haya tomado, recientemente o en el pasado, y describa sus metas. Puede pensar en cursos de seminario, escuela dominical u otros.
¿Qué clase de fe manifestaban los maestros respecto del tema?
¿De qué manera esas clases lo ayudaron o lo perjudicaron?