
El Núcleo de la Vida · Sección 3 · Capítulo 30
Equipar a los jóvenes creyentes

Consideremos ahora la capacitación de los jóvenes creyentes. Todo niño crecerá físicamente, pero muchos atraviesan dificultades al madurar. Pueden interpretar mal numerosas experiencias, especialmente si crecen en hogares carentes de amor. Cuanto más disfuncional sea su trasfondo, mayores serán los obstáculos que enfrenten. Lo que ocurre en el desarrollo físico ofrece lecciones relevantes para el crecimiento espiritual del joven creyente.
Después de capacitar y conversar con muchas personas que se preparan para el ministerio, tengo la impresión de que no pocas ingresan al seminario en gran medida para resolver problemas personales. Imaginan que la teología hará desaparecer sus luchas. Deberían haber recibido en sus iglesias la formación necesaria para vencer esos conflictos interiores y, después, responder al llamado de Dios mediante una preparación ministerial más formal.9
Lamentablemente, la capacitación propia de esta segunda etapa del discipulado está ausente en la mayoría de las iglesias y también en muchos seminarios. Los cursos y especialidades de consejería han proliferado, en gran medida, porque la iglesia no ha instruido debidamente al pueblo de Dios en estas áreas.
Me pregunto, sin embargo, si quienes asisten a muchas de esas clases reciben verdadera ayuda. Existe una gran falta de fe respecto a lo que el cristiano puede llegar a ser y cómo puede avanzar. Muchos consejeros enseñan que debemos tolerar cierto grado de ira o ansiedad, pero esa perspectiva difiere notablemente de la que ofrecen las Escrituras. Queremos eliminar la ira, no solo aprender a manejarla.
Dios tiene metas y medios para alcanzarlas, pero la iglesia no siempre ha adoptado sus objetivos ni confiado en sus recursos para ayudar a su pueblo a crecer. El problema principal no es el mundo del cual provienen los nuevos creyentes, sino la falta de fe en la iglesia y en sus líderes.
Dios desea que todo su pueblo reciba una excelente capacitación para crecer como personas fuertes y piadosas (véase Efesios 4:15-16). Esta tarea no debe relegarse a profesionales de la consejería autorizados por el Estado. Es un error suponer que se necesita un doctorado para ayudar a alguien a afrontar las luchas espirituales básicas de la vida.
Aunque las iglesias deberían formar a su gente, muchas no lo hacen; por eso esta instrucción también es necesaria en institutos bíblicos y seminarios. ¿Qué pastor, misionero, educador cristiano, obrero juvenil, soltero, esposo o esposa no necesita comprender y vivir en justicia? Todos lo necesitamos. La vida de Dios constituye el núcleo de un ministerio semejante al de Cristo. Necesitamos esta enseñanza para asegurar que todo el pueblo de Dios sea espiritualmente fuerte y saludable.
Los líderes también deben aprender a integrar el Núcleo de la Vida en la formación de sus ministerios. Necesitan adoptar las metas de Dios para una vida piadosa y aprender a capacitar a otros. Estos son algunos objetivos para la formación del joven creyente. Cada uno necesita:
Estar plenamente preparado para reconocer la tentación.
Comprender el problema fundamental de la tentación.
Entender cómo la tentación se relaciona con su naturaleza pecaminosa y con el mundo.
Adquirir y usar la verdad para luchar contra la tentación.
Dar al perdón el lugar prioritario que corresponde en su corazón.
Experimentar personalmente el poder de la Palabra de Dios.
El apóstol Juan afirmó la verdad: los jóvenes han vencido al maligno. Tanto los hombres como las mujeres de Dios tienen asegurada la victoria. No es algo que tal vez ocurra, sino una realidad que Dios ha establecido. Cuando permitimos que la Palabra de Dios despliegue todo su poder en nuestra vida, la fe se fortalece, discernimos las mentiras de Satanás, aplicamos la verdad y permanecemos firmes.
Porque todo el que ha nacido de Dios vence al mundo. Y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe (1 Juan 5:4).
Debemos recalcar que todo esto forma parte del proceso fundamental de la vida espiritual. Dios nos dio vida para que venzamos constantemente la tentación, aunque esa no sea nuestra meta final. Muchos consejeros no guían al pueblo de Dios a la victoria, sino solo a sobrellevar o tolerar la derrota. Esto dista mucho del propósito de Dios en el evangelio de Jesucristo. Él quiere darnos una victoria constante. Debemos negarnos a conceder al enemigo un punto de apoyo en nuestra vida.
Ventajas de la capacitación
Al comienzo, por supuesto, debemos volver con frecuencia al poder de la cruz para encontrar perdón y restauración. Esto nos recuerda la sublime gracia de Dios.
A medida que el creyente atraviesa una lucha tras otra, comienza a reconocer cómo procura mantenerlo abatido el maligno. La capacitación en esta etapa debe enseñarle a descubrir sus estrategias y, mediante el poder de la Palabra de Dios, permanecer firme.
Al aplicar esta formación a cada estudiante, miembro de la iglesia o asistente, debemos fortalecer la fe de cada creyente. No se trata de una recitación religiosa de «creo», sino de aprender a tomar la Palabra de Dios y usarla para vencer al maligno.
¿No es este el propósito de Dios para la vida de cada creyente? ¿Por qué tantos nunca avanzan más allá de esta etapa? Muchos pastores y maestros me dicen que todavía se encuentran en ella. Mientras permanezcan allí, no habrán madurado lo suficiente para enseñar a otros cómo escapar, al menos en las áreas donde ellos mismos siguen débiles.
Peor aún es el caso de los líderes convencidos de que no es posible vivir una vida piadosa y vencer la tentación.
Aprender a capacitar
Quizá se pregunte: ¿cómo podemos enseñar estas cosas? ¿Dónde aprendemos a llevar a la práctica estas conductas y características? La capacitación presenta desafíos personales, pero no es complicada ni costosa. El apóstol Juan hizo un trabajo admirable al señalar las áreas principales en las que debemos concentrarnos.
Los principios básicos se explican en los primeros cuatro capítulos de nuestro libro Llegando más allá de la mediocridad: Siendo un vencedor. Parte de la convicción de que Dios ya nos ha hecho vencedores y obra a nuestro favor en la guerra espiritual para que reflejemos mejor su santa imagen. Los capítulos siguientes muestran cómo estos principios nos ayudan a vencer problemas personales importantes como la ira, la lujuria y el orgullo.
Quien no aprende a tratar correctamente los pecados «pequeños» permitirá que se conviertan en ocupantes permanentes y terminen destruyéndolo. Pensemos en los muchos pastores que han sido expulsados de sus ministerios. La protección necesaria se establece en lo profundo del corazón por medio de la Palabra de Dios: «Cuida tu corazón más que otra cosa, porque él es la fuente de la vida» (Proverbios 4:23).
Esta formación no requiere demasiado tiempo. Así como una persona atraviesa los años de adolescencia, el joven creyente puede avanzar hacia la madurez en unos pocos años.
Por lo general, calculo unos tres años para atravesar esta etapa. Los principios pueden aprenderse más rápido cuando el discípulo ya conoce la Palabra de Dios. El problema no es el tiempo ni el costo; el mayor desafío es convencer a maestros y pastores de que esto es lo que Dios desea hacer y de que puede lograrlo en la vida de todo creyente. No proponemos una técnica mágica de sanidad ni un milagro que deba repetirse, sino principios bíblicos claros que funcionan.
Aclarar nuestra visión
Piense por un momento: ¿qué cree realmente acerca del creyente promedio? ¿Puede llegar a la madurez espiritual? ¿Es capaz de resistir cualquier tentación? ¡Esto difiere mucho de lo que vemos en tantas iglesias!
¿Qué ocurriría si creyéramos de verdad que Dios quiere que venzamos constantemente toda tentación, de modo que no tengamos que caer? ¿No sería una noticia extraordinaria? La iglesia se ha vuelto tibia porque ha renunciado a la esperanza de un cambio verdadero.
¿Qué clase de personas egresan de nuestras escuelas y seminarios? ¿Qué tipo de líderes producen nuestras iglesias? ¿Estamos satisfechos con su madurez espiritual? En la mayoría de los casos, la lamentable respuesta es no. La razón es sencilla: no los hemos capacitado como indica la Palabra de Dios. Debido a la incredulidad y derrota que aprendieron, ellos a su vez enseñarán a otros a no buscar la victoria personal. Es indispensable que nuestros líderes aprendan a vivir según la verdad de la Palabra y a enseñar a otros a hacer lo mismo.
Nuestras congregaciones están en dificultades, no porque sean incapaces de cambiar, sino porque no creen que puedan hacerlo. Aunque las adicciones presentan obstáculos adicionales, también pueden superarse cuando aplicamos estos principios de manera constante y sistemática, con un corazón de fe.
Poner en práctica la visión de Dios
¿Cómo podemos aplicar esto en nuestras escuelas e iglesias? Parte de la instrucción puede darse en clase, pero los grupos pequeños y la mentoría personal son esenciales para identificar luchas concretas y mostrar después cómo funciona el camino de la victoria.
A las personas no suele gustarles reconocer públicamente sus pecados y debilidades. Quizá puedan hablar de ciertos problemas, pero otros permanecen ocultos: reacciones negativas y patrones pecaminosos de pensamiento. Muchas respuestas, como la falta de perdón, se arraigan desde la primera infancia; la familiaridad con ellas hace que ignoremos sus señales, como el dolor, el retraimiento emocional y la desconfianza.
¿Cómo sé estas cosas? La Palabra de Dios las ha revelado, y he visto lo que ocurre cuando no vivimos conforme a sus grandes principios: nuestra vida se caracteriza por la derrota y el fracaso en vez del testimonio y la victoria. También he experimentado el asombro de ver el poder de su verdad obrando en mí y en otros. La victoria personal contribuye en gran medida a formar instructores eficaces. No podemos transmitir lo que no poseemos. Las escuelas de ministerio y las iglesias deben levantar formadores victoriosos que pongan en práctica el proceso de 2 Timoteo 2:2.
Dios nos llama a la victoria. Él ha hecho posible que venzamos; ahora debemos obedecerlo, atravesar esta etapa y avanzar hacia la madurez, donde tiene otros planes para nosotros. La cantidad y calidad de nuestro servicio fructífero dependen en gran medida de cómo respondamos durante esta segunda etapa.
Si la iglesia integrara estas verdades en la formación de todos los creyentes, el pueblo de Dios sería fuerte en la fe. El avivamiento estaría al alcance; las familias serían restauradas y surgirían muchos buenos líderes. Sin una formación adecuada del corazón y la mente, sin embargo, solo perpetuamos nuestros problemas mientras las maneras y la mentalidad oscuras del maligno se infiltran en nuestra vida. La verdadera capacitación debe establecer una vida piadosa y fuerte, sin la cual no existe amor genuino.
Lecciones
Muchos creyentes se acostumbran a vivir derrotados porque no han quedado cautivados por el poder y la gloria de la Palabra de Dios obrando en su vida.
Dios ha dado a la iglesia los medios para vivir en santidad, vencer regularmente el pecado y acudir a la verdad de la cruz cuando falla.
Cuando la iglesia abraza por fe la victoria sobre la tentación y el pecado, aprende a depender de su poderoso Dios y queda preparada para buscar el avivamiento.
La capacitación debe proceder de líderes que hayan experimentado el poder de Dios en su propia vida.
Memorizar y Meditar
1 Juan 5:4
Asignación
Identifique una debilidad en su vida y los pasos necesarios para vencerla. ¿Está trabajando activamente en ello? ¿Puede explicar este proceso a otra persona?
Mencione varios pecados graves que observa en otros. Explique los pasos necesarios para ayudar a cada persona a recuperar la esperanza y la fe para abandonarlos.
¿Su escuela o iglesia tolera la inmadurez, las actitudes pecaminosas y las conductas indebidas en los líderes que está formando? ¿Cómo debería afrontar este problema?