El Núcleo de la Vida — Descubriendo el Corazón del Gran Entrenamiento

El Núcleo de la Vida · Sección 3 · Capítulo 31

Orientar a los creyentes en proceso de madurez

Paul J. Bucknell

Ilustración sobre Orientar a los creyentes en proceso de madurez — El Núcleo de la Vida

Uno de los mayores obstáculos para pensar correctamente sobre esta tercera etapa del crecimiento espiritual, que Juan describe como la de los «padres», es que nuestra cultura considera inapropiado llamar maduro a uno mismo o a otra persona. Esta actitud aparenta humildad, pero impide que el pueblo de Dios adopte una perspectiva bíblica de la vida. ¿Conoce a un padre que niegue serlo y diga: «Oh, ¿usted cree? En realidad no soy padre»? La escena sería ridícula, especialmente mientras sus dos hijos tiran de su pantalón pidiéndole algo. Ser padre es una etapa normal de la vida, no algo de lo que avergonzarse.

El orgullo y la idea engañosa de que uno «ya llegó» constituyen peligros reales. Sin embargo, al observar correctamente la etapa del padre, descubrimos que la perspectiva bíblica posee sus propios medios para tratar con el orgullo.

La comparación es un problema de la humanidad pecadora. Tendemos a considerarnos mejores que otros. La perspectiva bíblica, en cambio, nos llama a:

  1. Adoptar cada vez más las normas y metas de Dios.

  1. Buscar continuamente que Dios nos forme en la piedad.

  2. Prepararnos para ayudar a quienes nos rodean.

¿Ve la diferencia? Procurar el crecimiento exige admitir que todavía podemos madurar. Al concentrarnos en servir a otros, dejamos de compararnos con ellos. Este es el verdadero espíritu de la tercera etapa, la de los padres. Más bien deberíamos lamentar que tantos cristianos no hayan avanzado hasta ella y hayan quedado enredados en algún punto del camino.

Jesús mostró que es correcto reconocer la madurez: «La tierra da fruto por sí misma: primero la hierba, luego la espiga y después el grano lleno en la espiga» (Marcos 4:28). En esta última etapa debemos esperar fruto. En contraste, resulta trágico no producir fruto piadoso por entregarnos a la autocomplacencia, quizá desperdiciando el tiempo en videos o juegos. Pocas cosas son tan lamentables como un padre que descuida las necesidades de sus hijos mientras prodiga tiempo y dinero en sí mismo.

En la primera etapa vimos que el niño depende de sus padres incluso para las necesidades básicas. De igual manera, es apropiado que cada creyente crezca en Cristo hasta la madurez, conduzca a otros a Cristo y los ayude en su caminar. Si nadie atiende a los creyentes nuevos y jóvenes, su fe tambaleará. Este es el espíritu de la paternidad: cuidar de quienes nos rodean y, como mínimo, de aquellos a quienes guiamos a Cristo.

En esta tercera etapa capacitamos a los creyentes para cuidar correctamente de otros. Al mismo tiempo, establecemos un fundamento para el servicio y les ayudamos a cultivar una relación más íntima y profunda con Dios. Como padres espirituales —hombres y mujeres maduros en la fe—, llegan a ser líderes dispuestos a atender las necesidades de la iglesia en su conjunto y a ministrar personalmente a los creyentes que los rodean.

Desde la perspectiva de un padre

Tengo ocho hijos, con veintidós años de diferencia entre el mayor y el menor. En este momento cuatro son adolescentes, y esta etapa todavía continuará durante varios años. Algunos se acercan a terminar la escuela secundaria, mientras otros aún no se han establecido en la vida adulta. No tenemos prisa, pero siempre oramos para que reciban la educación necesaria, consigan un buen trabajo y puedan cuidar de sus propias familias. Como padres, deseamos para ellos más que cualquier otra persona.

Dios, nuestro Padre, también desea que avancemos hacia la madurez plena. La madurez comunica un sentido de cumplimiento respecto a lo que Él diseñó para nuestra vida. Esta tercera etapa del desarrollo espiritual difiere, por ejemplo, del hinduismo, que procura desprenderse espiritualmente de la familia y del mundo «real» para buscar iluminación. El creyente cristiano maduro, en cambio, busca mayor intimidad con Dios a fin de comprometerse correctamente y servir a otros.

Ilustración sobre Desde la perspectiva de un padre — El Núcleo de la Vida

Las personas del mundo pueden servir para recibir una recompensa económica o emocional. El pueblo de Dios sirve porque está profundamente agradecido por la obra de Dios en su vida. Procura agradarlo y cuidar a otros. Algunos cristianos son llamados a pastorear, pero todos los creyentes deben crecer hasta cuidar de los demás. Los pastores equipan a cada uno para servir (Efesios 4:11-12).

Un corazón dispuesto a servir

¿Cómo encaja el servicio en nuestra vida? Esta visión debe quedar profundamente integrada en la mente y el corazón del creyente. Es un gran desafío en sociedades donde quienes alcanzan autoridad piensan que ha llegado su turno de ser servidos. Ese egoísmo es sutil, pero muy real en el mundo posmoderno. También esperamos la jubilación como una etapa dedicada exclusivamente a nuestros placeres, sin sentido de responsabilidad hacia otros.

Pablo reprendió a quienes se concentraban en su propia espiritualidad sin preocuparse por los demás: «Hermanos, no sean como niños en su modo de razonar. Sean como niños en cuanto a la malicia, pero en su modo de razonar actúen como gente madura» (1 Corintios 14:20).

Como formadores debemos observar cuidadosamente las necesidades de quienes nos rodean y ofrecer la capacitación específica que haga falta. Algunas iglesias buscan programas de discipulado, pero estos suelen ser rígidos y no siempre dejan espacio para la dirección personal de Dios. Los buenos recursos son importantes, aunque también necesitamos pasar tiempo con cada persona para discernir cómo la guía el Señor. Los seminarios en video y otros recursos pueden ser útiles, pero siempre debemos incluir momentos personales a solas con Dios.

Esta mañana, durante mi tiempo con el Señor antes de escribir, le pedía dirección para preparar un viaje de capacitación al extranjero. Él me impulsó a escribir a algunos hermanos para aclarar ciertos asuntos. Cuando llegué a la computadora, encontré un correo del coordinador que confirmaba exactamente la misma necesidad. Dios puso el asunto en mi corazón y luego lo confirmó. La decisión implicaba gastos, pero, puesto que Dios estaba en ello, podía confiar en que proveería. De esta manera mi fe fue fortalecida para asuntos mayores. Muchas de las lecciones más profundas del corazón se aprenden en privado con el Señor.

Capacite a los creyentes maduros para:

  • Buscar intimidad con Dios.

  • Profundizar en su Palabra.

  • Luchar contra conflictos personales profundos.

  • Perseverar cuando otros se han rendido.

  • Creer cuando otros dudan.

  • Vivir en pureza en medio de una sociedad impura.

  • Demostrar el amor de Dios mediante el servicio.

  • Confrontar con bondad cuando sea necesario.

El creyente genuino nunca se atreve a dejar de crecer. Avanzamos en nuestra relación con Dios, aspiramos a ser como Jesús y procuramos servir mejor a otros. Como formadores o mentores, buscamos continuamente al Señor para saber cómo fomentar el desarrollo en una o más áreas de la vida.

Lecciones

  • Los creyentes deben anhelar llegar a la madurez espiritual, permanecer cerca de Dios y ser fortalecidos por Él para servir a quienes los rodean.

  • Dios quiere producir fruto por medio de nuestra vida. Esto sucede especialmente cuando los creyentes maduros ven al Espíritu obrar maravillosamente a través de ellos.

  • Nuestra capacitación debe comunicar esta visión completa y equipar al creyente para permanecer cerca de Dios y servir a otros.

Memorizar y Meditar

  • 1 Corintios 14:20

Asignación

  • ¿Es usted un creyente maduro? ¿Qué evidencias respaldan su respuesta?

  • ¿Qué dificultades enfrenta para permanecer cerca de Dios?

  • ¿Ha experimentado agotamiento espiritual, sintiéndose seco y sin fuerzas para servir? ¿Cómo lo enfrentó? ¿Qué consejo daría a otra persona en esa situación?