
El Núcleo de la Vida · Sección 2 · Capítulo 9
Tomar conciencia

Después de considerar de manera general cómo obra el Espíritu, necesitamos examinar su trabajo desde una perspectiva personal. Más adelante, en la última sección del libro, lo contemplaremos desde el punto de vista del educador o capacitador.
En la vida física, con frecuencia no somos conscientes de la presencia de la vida. Aunque esta poderosa fuerza nos impulsa y afecta por completo, tendemos a pasar por alto sus propiedades vivificantes en la experiencia diaria.
Durante la pubertad, los jóvenes son muy conscientes de los cambios de su cuerpo. Prestan gran atención a su apariencia e intereses, pero rara vez reflexionan sobre la vida que produce esas transformaciones. Por eso tienden a concentrarse en quiénes son. Más adelante, las personas suelen centrarse en lo que poseen. Pocas se detienen a pensar en la fuerza que les permitió llegar a la edad adulta o trabajar. Las ocupaciones cotidianas ocultan nuestra comprensión y conciencia tanto de la vida física como de la espiritual.
Nuestra ignorancia y falta de atención a la vida que Dios nos dio —el aliento todopoderoso que sopló en nosotros— nos vuelve indiferentes ante su misterio. La falta de gratitud conduce a una vida autónoma, y esta a su vez engendra arrogancia.
Este es el pulso de nuestra época secular y materialista. Cuando se cree que todo puede explicarse por sustancias químicas y materia, desaparece el impulso de buscar el poder que sostiene la vida. Las personas excluyen fácilmente de su pensamiento la participación de Dios en los asuntos del mundo, aunque dependen literalmente de Él para todo, a cada instante.
Un problema espiritual oculto
Esta ignorancia también ha afectado a la iglesia, aunque en otro nivel. No prestamos atención a la fuerza vivificante que se encuentra detrás de nuestra vida espiritual. Tendemos a concentrarnos en lo que vemos y tocamos, en vez de atender a Aquel que hace posibles nuestra percepción y devoción.
Durante mi vida han surgido movimientos de Dios que refrescaron a la iglesia. El libro La vida del cuerpo, de Ray Stedman, ayudó al pueblo de Dios a reconocer los dones espirituales y al Espíritu que capacita a cada creyente por medio de ellos. La relación entre ambos elementos era práctica y teológicamente correcta. El pueblo de Dios recibió bendición, aunque con el tiempo aquel énfasis quedó oculto detrás de otros desarrollos teológicos.
De manera semejante, el movimiento carismático relacionó los dones espirituales con el Espíritu Santo y se extendió ampliamente por el mundo. Las personas comenzaron a reunirse para estudiar la Biblia y orar incluso en iglesias sin vitalidad. Cualquiera que sea nuestra opinión acerca de ciertos dones —y sin duda en algunos lugares se exageró la importancia de las señales—, este movimiento renovó la atención a la obra del Espíritu y devolvió vida a congregaciones y organizaciones que estaban espiritualmente muertas.
Cuanto más separemos la conciencia del Espíritu viviente, que habita en nosotros, de la vida cristiana, más muertos nos volveremos espiritualmente. Saber acerca de una iglesia no nos convierte en miembros vivos de ella, del mismo modo que saber muchas cosas acerca de Dios no significa conocerlo. Ese conocimiento puede ser bueno, pero si en la vida y la capacitación se descuida el lugar central de Dios, se convierte en un obstáculo serio. Esta ceguera espiritual se llama incredulidad y nos impide alcanzar la victoria.
Los avivamientos del pasado
Los avivamientos anteriores restauraron una profunda conciencia de la presencia de Dios. Las personas reconocían humildemente que la diferencia no procedía de sus esfuerzos, sino del Espíritu de Dios obrando en ellas y por medio de ellas. Esta conciencia de su actividad sigue siendo fundamental. Cuando se ignora, aparecen distorsiones como la religiosidad, el orgullo teológico, el aburrimiento espiritual y la disminución de las normas morales. Todas nacen de no comprender con claridad cómo obra Dios en nuestra vida.
El resultado es una especie de humanismo religioso: la atención se concentra en el esfuerzo y el pensamiento humanos en lugar de Dios. Eso es precisamente lo que observamos en el mundo antropocéntrico —centrado en el ser humano— de nuestros días.
Ateísmo práctico
Durante muchos años he utilizado la expresión «ateísmo práctico» para describir a creyentes que conducen su vida cristiana sin una conciencia real de la presencia de Dios. El salmista advirtió al pueblo de Dios que no viviera impulsado únicamente por sus apetitos, como los animales: «A pesar de sus riquezas, no perduran los mortales; al igual que las bestias, perecen» (Salmo 49:20).
Los cristianos corren el gran peligro de vivir sin reconocer la presencia de Dios que anima su vida. Él obra detrás de lo visible, pero el creyente puede avanzar sin percibirlo. Lo mismo ocurre con quienes sirven a Dios: pueden predicar, enseñar y evangelizar sin ser conscientes de la obra interior del Espíritu. Debemos preguntar: «¿Forma Dios realmente parte de su sistema de creencias?». ¿Podrían realizar sus actividades religiosas sin depender de Él? Si es así, ¿no demuestra esto que su obra es más humana que divina?
La conciencia constante de la obra de Dios en el creyente —es decir, una vida de fe— debe volver a ocupar su lugar en la iglesia. La vida cristiana no se reduce a asistir a reuniones, dar o ayudar a los pobres. Vivimos en la presencia de Dios, y Él realiza sus buenos propósitos por medio de nosotros.
«Dice el necio en su corazón: “No hay Dios”. Están corrompidos, sus obras son detestables; ¡no hay uno solo que haga lo bueno! Desde el cielo el Señor contempla a los mortales, para ver si hay alguien que sea sensato y busque a Dios. Pero todos se han descarriado, a una se han corrompido. No hay nadie que haga lo bueno; ¡no hay uno solo! ¿Acaso no entienden todos los que hacen lo malo, los que devoran a mi pueblo como si fuera pan? ¡Jamás invocan al Señor!» (Salmo 14:1-4).
Buscar su presencia
El avivamiento llega cuando estamos dispuestos a devolver a Dios el lugar que le corresponde en nuestra vida. Mientras permanecemos autosuficientes, operamos con nuestros propios recursos y Él recibe poca o ninguna gloria.

Cuando nos desesperamos, en cambio, clamamos a Dios. Al reconocer su presencia y experimentar sus respuestas a la oración, comienza la verdadera adoración. Así utiliza Dios los tiempos difíciles para renovarnos (Salmo 119:23-24). Pero ¿qué sucedería si buscáramos regularmente su rostro, en lugar de esperar a que las pruebas tuvieran que despertarnos?
Nuestra sociedad ha comenzado a pensar en la vida como si Dios no obrara. Esa misma mentalidad mundana se ha infiltrado en la iglesia, donde observamos cada vez menos diferencia entre el mundo y quienes profesan ser creyentes.
Lecciones
La humanidad, incluidos muchos cristianos profesantes, vive sin reconocer las fuerzas físicas y espirituales mediante las cuales Dios da vida.
Cuando no somos conscientes de la obra de Dios, el corazón se endurece y crece la arrogancia.
Cuando concentramos la atención en la presencia de Dios, nos volvemos humildes, agradecidos y centrados en Él, y aprendemos a depender correctamente de su ayuda.
Memorizar y Meditar
Salmo 14:1-2
Filipenses 3:17-19
Asignación
Examine su vida para descubrir señales de autonomía respecto de Dios. ¿Vive su vida cristiana o realiza su ministerio sin un sentido real de la ayuda y la dirección del Señor en lo que es y hace? Explique.
Evalúe hasta qué punto quienes lo rodean —dentro o fuera de la iglesia— son conscientes de la presencia activa de Dios. Entre los cristianos, ¿existe oración y comunión con Él? ¿Dios les habla por medio de su Palabra, o se limitan a leerla?